Sunday, April 05, 2009

Obsesión, maldad, pericia, falta de pericia, ego, fijaciones, poca autoestima… la vida es corta para averiguar si un hombre intenta seducirte porque hay algo serio que no te lastimará detrás de todo el cuadro al óleo que arme para que tus labios caigan sobre los suyos o es sólo seducción por alguna razón nombrada arriba. Seducción que si uno no la analiza bien, pesa en lágrimas. En fin… me había agradado alguien, creo que bien, pero el agrado que tuve por esa persona la terminó por sus propias palabras… en menos de una semana ¡qué chispa!, es cierto: uno muere por su propia boca, como dice un refrán muy conocido. Por otro lado, como me escribía aquel amigo narrador, Isa, por qué mejor no nos vemos en persona… y yo prefería seguir con el estilo epistolar, porque me llenaba más leyendo sus palabras que viéndolo a él en persona. Él fue el que me escribió los correos electrónicos más largos que hasta el momento he recibido, casi hasta 15 cuartillas que me contaban una historia de algún amigo semi-loco, las piernas de algunas chicas, o un viaje estilo detectives salvajes, o historias con mucho sexo, música y alcohol. Nos quisimos mucho fraternalmente, es una figura que admiro al leer; sin embargo, por tanta complicidad insatisfecha por la sed que uno sentía por el otro o por la seducción maltrecha, nos ahogamos poco a poco. Las amistades literarias son tan peligrosas cuando uno está tan caliente y solo, cuando uno se sienta y no piensa en el otro, esas amistades son para mí el reflejo de la seducción que tenemos por las letras. Y, ciertamente las letras no se encuentran en mirar de frente a frente a esa persona o sacudirla con patrañas sin nunca decir, me gustas para un polvo. Esas patrañas que se reconocen también, pero que ni se conocen como persona o se aceptan como la gente ·”normal”. Me hace ponerme triste y pensativa… ¿se vale desechar a esos conocidos? Y hacerlo como si nunca se hubieran visto para no resultar dañado. Pensando en ello. Creo que sí.
Aquí una historia:
Había dejado mis cuentos sobre la cama de la habitación, había enfrente un sofá cama color rojo como aquel cuarto y un televisor recién adquirido, él se puso a beber y ella y yo lo seguimos, aquello parecía una carrera de caballos, ¿quién llegaría primero a la meta de emborracharse? Daba igual, el punto era perder la inhibición. Me recosté sintiéndome muy mal, ella dormía tan blanca como un vampiro y él sólo me contaba historias mientras descalzaba mis pies con los que se masturbaría más tarde. La fiebre me golpeaba sin basilar con aquellas balas que sentía en el cuerpo. Ella brincó a mi lado y temía que me echara de la casa con el malestar. Comenzó a rezarme en el oído un cuento de sangre, una historia donde podría morderme y dejarme sin alma. Él la miraba con esa mirada que nunca le había visto, tan intensa y llena de deseo. En ese momento supe que vernos frente a frente había sido una metida de pata. Una amistad que creció a borbotones y se iba secando por la falta de límites que nos inculca la sociedad, ciertamente, el escritor se siente ombligo de Dios y olvida eso… Él dejó mis pies y me besó, ella seguía con sus historias sanguinolentas y llenas de sexo en mi oreja y yo seguía pudriéndome en fiebre. Quería salir de ahí, decirles que todo se había ido al carajo, que ya no los veía igual y que cualquier cosa que fuera, yo había ido por una amistad, ñoña, sin balas y sincera. Pasaron las semanas y a él le hice ver la suerte de su orgullo batido en el caño, éramos amigos, lo éramos, pero empezamos peligrosamente mal. No los he visto desde entonces y corren los años, no los he visto en persona, pero los sigo leyendo.

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